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 Autor :

 

Máximo

- Segundo premio en Latinoamérica Escribe por narración.

- Medalla de Honor a la Labor Literaria

- Primer premio en poesía por la Sociedad Argentina de Escritores

- Selección especial Dunken

- Finalista  Latinoamérica Escribe por narración

- 3 antologías con otros autores


  

 Juan

El paso del tiempo es irrefutable aunque tratemos de frenarlo, él nos avasalla con todo su peso. En su camino derriba las barreras subjetivas y nos deja un sendero de objetivas singularidades, digamos; nunca podremos ser lo que fuimos hace segundos atrás, ese fue tiempo perdido, tiempo que dejó de ser propio para quedar suspendido en la historia de nuestro cuerpo, mente y corazón un eco reminiscente de la vida.

Dicen los que saben, que en teoría es posible viajar hacia el futuro, pero imposible regresar al pasado, no se puede volver y cambiar ciertas cuestiones que precedieron al día de hoy, pero eso Juan no lo creía, él quería cambiar el mal que hizo en su tiempo. Ahora estaba enfermo, iba a morir y quería subsanar las  barbaridades en su haber de vida, ahora era su deber cambiar su legado, pero ¿cómo?

Leyó libros de ciencia, miró videos relacionados con la física quántica, habló con científicos conocidos, pero nadie le dio una solución, era imposible volver al pasado, es más, la gente lo miraba extraño, se decía por ahí que estaba loco, pero él insistía, y en su insistencia también pensaba -si viajo al pasado y me encuentro conmigo mismo, ¿qué hará mi otro yo, me asesinará como he asesinado a tanta gente? yo lo haría- una eterna paradoja que jamás será resuelta.

Pasaron unos meses y Juan había adelgazado veinte kilos, la enfermedad lo consumió notablemente, su estado era deplorable, su mente desvariaba de tal forma que asustaba los habitantes del pequeño pueblo donde vivía, y las personas al verlo lo esquivaban, le temían. Ese hombre que hacía poco se había establecido allí, un hombre de buen vestir, de mucho dinero, ahora su estado deja mucho que desear. Nadie conocía su vida personal, sus secretos.

Él era un hombre que vivía en su mundo y jamás se hizo notar con sus vecinos, pero ahora era distinto, el designio de la vida le cayó sobre su alma, y el castigo por el mal que hizo durante su vida, estaba volviéndose contra él.

El sonido rebotaba por todo el pueblo, la iglesia dio sus quince campanadas, la misa daría comienzo en pocos minutos, Juan, sentado en la plaza de enfrente, pensó que quizás si le pide a Dios que lo transporte al pasado, tal vez Él oiga su pedido.

Entró a la iglesia, sus pies estaban descalzos, la gente le fijó la vista, el cura lo observó de arriba abajo… Juan agachó la cabeza y sólo miró el piso, sentía vergüenza, el padre le dice que no tenga temor, que no le de vergüenza esa situación, entonces, muy lentamente fue enderezando su estirpe, la vista comenzó a atrapar las imágenes de su alredor y se dio cuenta que las personas allí presente, no eran normales, la piel de ellos era pálida, sus ojos grandes querían como salirse de la órbita de sus cavidades oculares, y sus cabellos parecían deshilachados y pajosos, cayó en la cuenta que eran sus víctimas a las cuales había asesinado hacía algunos años atrás. Se arrodilló, pidió clemencia y con voz titubeante dijo -me obligaron a matarlos, yo no era consciente de mis actos, yo sólo seguía órdenes-

 El cura, con voz sobria le dijo, que esa gente lo había perdonado, pero Dios en su divina deidad dispuso su muerto cuando el día llegue su fin y que su Ley era absolutamente incuestionable

“el querer cambiar tu pasado, te hace una persona irresponsable, ya que tus actos fueron predestinados de esa manera, cambiar algo no significa que cambias tú. Tus actos marcados hasta el día de hoy demuestran tu egoísmo y desprecio por la vida. Si desde un principio hubieras pedido perdón, te hubieras arrepentido, te hubieras entregado a la Ley del hombre; quizás hubieras sido perdonado por mí y el cielo hubiese sido tu morada de paz, ahora mereces el infierno que te ganaste”

Salió de la allí muy consternado, quizás se trate de Dios o quizás puede haber sido su conciencia la que habló. Observó sobre su espalda el interior de la iglesia y estaba vacía, pensó que todo había sido un sueño, pero su piel erizada demostraba otra cosa. Caminó por una calle de tierra, el aroma a tierra mojada inundaba sus sentidos, la lluvia caída hacía instante duró unos minutos y cesó, un sol imponente se estaba escondiendo y unos últimos rayos desfiguraban su silueta y proyectaba en el horizonte una sombra difusa…el ocaso se adentró en su alma y el día murió con él, absorbido por la oscuridad de su propio infierno que el incuestionable pasado le había heredado.

 

   

 

 

 

 

 

 

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